Ya sabéis que me gusta publicar las críticas y reseñas más elaboradas de la serie. Esta vez toca una crítica que seguro que dividirá a más de uno, yo os la dejo para que la comentéis.
A principios de noviembre del año pasado, la tercera temporada de Lost tuvo un larguísimo frenazo de tres meses en el capítulo seis. La continuación (el episodio séptimo) se emitiría en febrero de 2007. Se encendió entonces una gran alarma mundial, seguida de una pregunta: ¿qué haríamos todas esas semanas sin los misterios de la isla?
Casi al mismo tiempo, como si hubiese estado milimétricamente planeado, comenzó a circular el rumor sobre la existencia de Heroes, una nueva serie de Tim Kring de la que se decían maravillas. Por supuesto, todos los adictos de Lost apostamos nuestras fichas a esta nueva producción, más que nada para calmar el ansia de no ver náufragos ni osos polares durante doce semanas.
Pero ¡ay!, fue como salir de la heroína y pasar a la metadona. Funcionó unos días, sí, pero después muchos comenzamos a vomitar de asco.
Porque la verdad sea dicha: Heroes comenzó bastante bien. En el inicio trataba sobre un grupo de personas que, alrededor del ancho mundo, comenzaba a notar en su cuerpo reacciones milagrosas y variopintas. Fulano podía volar un poquito, Mengana regeneraba su cuerpo después de una herida, Sutana leía el pensamiento de su esposa, y Perengano se movía unos pocos segundos a través del tiempo.
Era un comienzo prometedor. Es cierto que la presencia de una actriz que aparenta veinticinco años y actúa de animadora no favorecía mucho la trama. Es verdad que el ancho mundo para un guionista yanqui significa Japón, la India y 47 estados norteamericanos. Es verdad que las actuaciones no eran para mojar el pan. Pero la trama pintaba bien.
Los primeros tres o cuatro episodios —incluso— parecían encarar un hermoso problema filosófico: ¿cómo reacciona un hombre común cuando empieza a tener síntomas de superhéroe? ¿De qué modo queda excluido un ser especial de una sociedad mediocre y plana? ¿Qué ocurre si, a pesar de su flamante poder, sigue siendo cobarde o pusilánime, o egoísta, o ruin?
Siempre me han resultado interesantes las historias —en las series o el cine— que ofrecen una óptica singular y diferente de tópicos universales: los superhéroes, los fantasmas, los vampiros, esas cosas. Me gustan las tramas que humanizan lo anormal, los argumentos que nos acercan a la piel verdadera de quienes creíamos intocables o legendarios.
Un ejemplo:
* El tópico: muertos que asustan a los vivos (Night of the Living Dead).
* Un giro: qué ocurre si no sé cómo estar muerto (Dead like me).
* Otro giro: qué ocurre si ni siquiera sé que estoy muerto (The Others).
* Más: qué ocurre si oculto que Bruce Willis está muerto (The Sixth Sense).
La eficacia de estos giros es que nos obliga a reconciliarnos con el tópico. Si estamos hartos de fantasmas y de muertos en vida, al disfrutar de estas vueltas de tuerca, al adentrarnos en estos problemas cotidianos de lo monstruoso, comprendemos que los personajes ‘anormales’ tienen también su corazoncito.
Con los superhéroes me pasaba lo mismo. Ya estaba hastiado de la mujer maravilla, de superman, del hombre araña y de todos estos señores disfrazados de rojo y azul que tienen poderes y los usan para hacer el bien. Harto de que sean tan perfectos, de que estén tan cómodos en esa doble personalidad, de que nunca se tiren pedos que les hagan flamear la capa, de que jamás usen su visión de rayos equis para verle las tetas a las chicas en los vestuarios.
En Heroes se comenzó con el pie derecho: veríamos a gente corriente dando sus primeros pasos en el mundo de la heroicidad. Veríamos cómo algunos querrían renunciar a su poder, cómo otros lo usarían para el mal menor —la triquiñuela, la estafa—, y fantasearíamos con nosotros mismos hundidos en esa pegajosa dualidad. Ése parecía el trato; pero no.
Promediando la primera decena de episodios, los productores descubrieron que la serie, pensada para gente de treinta en adelante, funcionaba mejor con la muchachada de quince para abajo. ¡Catástrofe! Fue así que resolvieron llevar a la trama por el rumbo de los clichés, llenándola de sin sentidos y obviedades. Comenzó a importar mucho menos la cotidianeidad del anormal poderoso, la filosofía nietzscheana, y a tener más importancia la explosión, la persecución, la dinámica de ‘salvar al mundo’ y el lugar común de los dramas menores.
—¿Usted dice que hay series según la edad del espectador?
Sí señor. Las hay para gente grande que tiene los pies sobre la tierra, y también las hay para los adolescentes y la chiquilinada. Y además esto me parece muy bien. Los quinceañeros granuloso no entenderán jamás la genialidad de Six Feet Under o el mensaje nihilista de Curb your enthusiasm, ni yo me encerraré nunca con un DVD de Buffy the Vampire Slayer ni de Grey's Anatomy. Estamos en mundos distintos.
Ellos tienen millones de foros en Internet para sus series de muchachitos que no saben actuar pero son guapos y tienen hoyuelos en el mentón, y nosotros tenemos muy poquitos foros para nuestras grandes series filosóficas y profundas. Ellos viven con papá y mamá, y nosotros ya somos papá y mamá.
Espoiler no está en contra de la gente menuda, ni de sus series pavotas que jamás nombraremos ni aconsejaremos aquí. Y quien escribe, o sea el autor de este blog, tampoco estoy en contra de la chiquilinada en general, de sus desarreglos hormonales, de su uso extraño de la K en sus mensajes, ni de su pésimo gusto artístico a la hora de ver televisión.
¡Pero Heroes era para mí, estaba pensada para mi diversión, y ellos —los del acné— me la robaron en el capítulo nueve!
Y eso no se hace.